“Papá, yo nunca voy a ir a China…”

“Papá, yo nunca voy a ir a China…”

“Papá, yo nunca voy a ir a China…”, dijo mi hijo en una ocasión cuando aún no había cumplido los ocho años, aprovechando que estábamos de viaje y en un momento de silencio absoluto “… porque los chinos son comunistas, se dedican a copiar todo lo que fabrican y, para colmo, no pagan impuestos en España durante cinco años”, argumentó acto seguido y con total aplomo y seguridad.
Poco tiempo después, comentó “Ya sé de dos países que no quiero visitar, uno es China; el otro es Estados Unidos, porque tienen la pena de muerte, solo comen comida basura y además pagan 30 euros por un kilo de cerezas”.
Os presento a nuestro hijo, ahora tiene 10 años y fue valorado y diagnosticado como alta capacidad hace casi dos años. Desde que podemos recordar, siempre ha tenido reflexiones, reacciones e inquietudes que nos descolocaban; siendo pequeño resultaba curioso, e incluso divertido, oirle hablar de ciertas cosas; con el tiempo pasó a ser asombroso y según va creciendo es a veces inquietante.
Es un niño de buen carácter, expresivo, risueño, parlanchín, simpático y muy, muy, muy movido, pero al mismo tiempo es un chaval que se entristece fácilmente, se siente solo, es observador, analiza, interioriza y mastica todo lo que ocurre a su alrededor, habla mucho, es verdad, pero no cuenta nada porque es tremendamente reservado. Tiene la habilidad de acercarse inmediatamente a niños que no conoce, pero no se siente capaz de conseguir la amistad de los que pasan más tiempo a su lado; y tiene la habilidad de entrar sútilmente en las conversaciones de los adultos, preguntando, cuestionando, interesándose, pero se retira cuando se le pregunta su opinión, o percibe reproches por estar inmiscuyéndose en temas de mayores. Es tremendamente fuerte, pero se desmorona en segundos por un simple recuerdo, una imagen o una experiencia y se recompone de inmediato en cuanto intuye que está mostrando o demostrando sus emociones. Es una personita de contrastes.
Y si es difícil conocer su interior y entrar en su intimidad, más difícil aún es encajar cómo lo entienden los demás. La carta de presentación de nuestro hijo es que es un niño muy inquieto, de los que no paran, de los que necesitan levantarse de vez en cuando, aunque sea un instante, de los que distraen a los demás, de los que perturban la normalidad de la clase, la labor del profesor y el trabajo de los compañeros… desde la perspectiva de padres, quizás sea delegar demasiada responsabilidad en un niño. Ya en el colegio y nada más empezar la etapa de Primara, nos contagiaron una inquietud preocupante y nos presentaron a la señora Hiperactividad y al señor Déficit de Atención como posibles compañeros de mi hijo, y sin pruebas, ni seguimiento de ningún tipo, tal vez fue un diagnóstico cómodo, apresurado y fácil de emitir, sin perder de vista que se ha puesto muy de moda en el siglo XXI. También hemos oido hablar de su falta de madurez, de que ser hijo único genera en nuestro hijo la necesidad de llamar constantemente la atención de los padres y de sus iguales, y nos llegaron a crear la duda de que su “problema” era que en casa no tenía órdenes claras y pautas marcadas y por el contrario le dejábamos hacer y deshacer. Y nos llegaron a sugerir que existen fármacos estupendos para este tipo de niños… Sin comentarios.
En ocasiones hemos compartido esta inquietud por nuestro hijo con amigos, con otros padres o con la familia. Hay quien considera que un niño aventajado intelectualmente quiere ser líder y si no lo consigue se frustra y se aleja; hay quien opina que a estos niños les cuesta estar y armonizar con un grupo de iguales, y por tanto gestiona algo mejor las relaciones de “tú a tú” que cuando son más de dos o tres; hay quien plantea que el problema de un niño con alta capacidad es que no respeta las reglas; en otros casos nos han dicho que los conflictos que se generan entre los niños, o los problemas en los que se ven envueltos, son cosas de niños, y qué frustraciones derivadas de las propias relaciones entre ellos las tienen todos y que todos a veces dan y a veces reciben.
En resumen, un cúmulo de sensaciones paralelas y enfrentadas y la percepción de que como padres no conocemos ni reconocemos las carencias de nuestro hijo y no hacemos otra cosa que sobrevalorar las cualidades del niño.
Con este miedo, con estas dudas y con este desasosiego, llegamos a AESI y nos encontramos en primer lugar con un grupo de padres con los brazos abiertos y con una actitud tremendamente acogedora para compartir la misma incertidumbre. En AESI dimos con personas que entienden lo que ocurre, que sienten y padecen y celebran lo que significa ser de alta capacidad. Coincidimos con padres y profesionales que entienden que ser de alta capacidad no significa tener un expediente brillante, ni destacar en matemáticas o en todas las disciplinas.
No podemos valorar la peculiariedad de nuestro hijo, ni nuestros sentimientos por él, como lo haría un docente con una dilatada experiencia en educación, ni tenemos la formación de los profesionales que trabajan día a día con niños de alta capacidad, ni tenemos la autoridad que concede la ley a los equipos de orientación psicopedagógica… Hablamos como padres que amamos a nuestro hijo y queremos, como todos y por encima de todo, que nuestro hijo crezca feliz. Y lo que estamos aprendiendo y valorando en AAESI y con lo que nos quedamos de la alta capacidad de nuestro pequeño es que, quizás en el futuro no sea un Einstein, ni un Mozart, pero vamos a luchar para que tenga la habilidad, la empatía, el respeto, la independencia, la habilidad para resolver sus problemas y la capacidad de adaptación suficientes para que sea una persona feliz, tanto si fuera ingeniero de la NASA o un buen jardinero en el Retiro.
Y tenemos claro que tener alta capacidad no es un problema, sino que es una buena oportunidad.

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